Ideas cortas.
Aparecimos ante la imperceptible ausencia de las palabras, así nos dedicamos a creerlas
En ocasiones pensaba que las cosas podrían ser diferentes, que se podía vivir obviando esos detalles que tomaban tanta importancia porque decidía encender la luz y jugar a encontrar el lugar menos iluminado.
Era posible que disfrutara, igual que los otros, encontrar la infelicidad antes que ella me tomara de imprevisto y me lanzara al carajo. Después de todo, ¿por qué alguien podría destruir mi torre antes de alcanzar la altura deseada?, lo importante era no perder el control, no dejar que alguien interviniera desprevenidamente en tu proyecto en plan de perfección la muerte mediante, no es que se necesitara mucho esfuerzo, toda vida en retrospectiva tuvo que haber sido perfecta, para todos, salvo esos críticos del poema de Neruda.
Así, mejor decidí buscar un cambio, sin muchas ganas de lograrlo, decidí equivocarme una vez más, dejar que la torre creciera a mis espaldas con tantos niños jugando a mi rededor, y no era una especie de suicidio, ni aligeramiento mental, era más bien que me creía con tiempo de empezar de nuevo, y, por supuesto, que pensar en la posibilidad de otras torres siempre era divertido.
Admitámoslo encontrar tristeza en lugares no esperados es parte del juego.
López había enmudecido, siempre abandonaba las palabras cuando le ganaba aquel sentimiento que nunca había compartido. En esta ocasión le basto llegar a la plaza y tomar conciencia, había perdido: todos a quienes podía ver estaban, o podían no estarlo, con la cabeza gacha ocultando sus ojos a la lluvia que quería tocarlos, mostrarles la satisfacción de la luz emborrachada de bailar descendiendo al compás de aquella música de ciudad con problemas de drenaje.
Para López y su tristeza grande e incontrolable, tal desprecio a la moral y las buenas costumbres era y debía ser reprensible, como podía llover para esas personas tristes, tan metidas en lamentos por amores falsos, o esas cosas por las que era tan fácil, ergo vulgar, entristecerse.
Ya no había opción, Lopéz subió a la plataforma de los suicidas, los miro con desprecio a todos y vació el saco lleno de tulipanes y otras maravillas sobre la multitud que esperaba el siguiente salto. López no podía permitir que fuese triste aquella gente tan sin importancia.
Después de la enésima gota, la lluvia comenzaba a parecer real, los ojos aquellos se convencían después de haber vacilado creyendo que todo era parte de ese llanto pueril que nacía de un no sé dónde, e iba dirigido al recuerdo de un canto mágico.
Partían todos de una mentira, ¿cómo podían creer que arder significaba morir?, no, no, no, que fijación por la muerte, que fijación por lo que ya tenemos como estigma, estúpidos todos, apenas ilusiones de fuego vacuo.
Así paso la última gota y la primer lágrima, porque los que saben llorar dicen que el llanto siempre es primero.
Réquiem por un sueño
A Laura M., tú que fuiste con quien aprendí a soñar.
No sé y poco importa dónde perdimos el camino, donde dejamos de ascender para separarnos y empezar (al menos yo) la caída. Cuando me senté en la frontera a ver ese campo abierto y sentí miedo, quise voltear atrás asirme a tu mano, regresar a eso que pude ver contigo y no creía era justo dejar de ver.
Es tonto que hubiese pensado en justicia, que me aferrara a nosotros porque el nosotros era lo que había aprendido y había sido y había creído.
Triste que ahora sentado aquí vea que era un creyente más, descubrir lo mil veces descubierto, creer es una empresa fatal.
Tú eras mi ella, y quise dejar de creer y empezar a soñar porque pensaba que podía construir el sueño más perfecto si estabas a mi lado, me lance tras un sueño iniciando con una creencia vaya forma de fracaso con augurio primero.
No terminé el sueño, espero soñar de nuevo, soñar que nuestro sueño nunca terminó.
Empezaré a soñar buscando a ella siempre, y me aferraré a esa pregunta que otro soñó: ¿encontraría a la Maga?
Fin, estaba sentado a la frontera de un campo abierto, ahí me habían obligado a ir, desde fuera se burlaban y enorgullecían, mientras yo sentado los compadecía, que se queden con su nada, con sus dudas, con toda esa distancia que intentan justificar de manera vulgar.
Yo estoy sentado a la frontera de un campo abierto, obligado a ir ahí, aún así, espero tranquilo en silencio, con el único dolor: tu ausencia.
“Hay que confrontar las ideas indefinidas con imágenes claras”
Fotograma de La chinoise de Jean Luc Godard